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Bárbara Heyser Ortiz es la ganadora del concurso Ensayo para Mujeres Migrantes

 

Por: Isabel Flores, corresponsal La Prensa

 

DETROIT, MI: El Consulado de México en Detroit, realizó un desayuno para entregar un reconocimiento a las autoras de los seis mejores ensayos del concurso para Mujeres Migrantes; resultando ganadora del primer lugar: Bárbara Heyser Ortiz.

 

Cecilia Fragoso, encargada de Asuntos Culturales del Consulado de México, señaló: “Agradecemos la participación a este primer concurso de Ensayo para Mujeres Migrantes, el cual tenía por objetivo compartir alguna experiencia positiva, chusca, negativa, triste o algo personal para mostrar lo que viven las mujeres migrantes en Michigan. Tuvimos muy buena respuesta”.

 

El tema del ensayo fue “Mi experiencia como mujer migrante” o “La influencia de la cultura mexicana en Michigan” y estuvo dirigido a todas las mujeres mexicanas, mexicoamericanas y/o de origen mexicano, residiendo en el estado de Michigan, en donde hay una gran diversidad, “desde empresarias que vienen a trabajar o bien, profesionales que están aquí acompañando a su marido y no trabajan porque no tienen una visa o simplemente porque no han encontrado algo. También hay campesinas, amas de casa y artistas”, destacó la entrevistada.

 

Por su parte, Fernando González Saiffe, Cónsul Titular de México en Detroit, agradeció a todas las participantes del concurso y felicitó personalmente a las ganadoras de los ensayos que fueron seleccionados por la originalidad del texto y la manera en que transmitieron el mensaje.

“Hubo un común denominador en todos los ensayos que fue la añoranza por México, la nostalgia pero a la vez agradecimiento para ambos países”, agregó la encargada de Asuntos Culturales. “Todas las historias fueron contadas de una manera muy positiva”. A los mejores ensayos se les entregó un reconocimiento y al primer lugar además se le dio un vale para dos personas para una cena en un restaurante mexicano.

El ensayo de la ganadora es el siguiente:

MI EXPERIENCIA COMO MUJER MIGRANTE

Hablar sobre las experiencias de las mujeres migrantes es un tema demasiado ambicioso, describir una experiencia tan única y tan personal, se antoja imposible. Y no solo por la cantidad de mujeres que todos los días llegan a este país, sino por la enorme diferencia de circunstancias en que lo hacemos.  Unas llegan tan solo con la ropa puesta y un par de zapatos cansados, cansados de caminar, cansados de tomar trenes y de cruzar ríos. Otras, llegamos con 4, 5 o hasta 6 maletas y con un boleto de avión para regresar a nuestra tierra muy pronto. Pareciera que la suerte y las diferencias sociales de las que nuestras mujeres tratan de escapar al venir a este país, se rehúsan a soltarlas hasta en la misma huida. Se aferran a ellas, tanto como los prejuicios y superficialidades se aferran a nosotras, “Las Maletudas”.

Afortunadamente y en la mayoría de los casos, podríamos decir que al llegar a este país, el tiempo hace que la balanza se incline a favor de las del par de zapatos y de darnos una zarandeada “moral” a las de las maletas.  Terminas dándote cuenta que todas las mexicanas compartimos la esencia de nuestras nostalgias y preocupaciones, sin importar de dónde venimos o como llegamos.

Cuando extraño México, me gusta pensar que fue la vida quien decidió que nos mudaríamos a Michigan. Y que ni yo, ni mi marido, ni el jefe de mi marido lo pudimos haber evitado.  Me gusta pensar que   todo era parte de una plan perfecto, que el “Universo” (Aprovechando que está de moda) lo tenía planeado.    Pero sobretodo, me gusta pensar que no teníamos otra opción, aunque probablemente sí la tuvimos y nunca la exploramos.

Si le cargo a la “Vida” esta decisión, me siento menos egoísta.  Menos egoísta de dejar atrás a mis viejos, a los que yo cada vez necesito menos y ellos me necesitan más. De negarles a mis hijas esos recuerdos de niñez que a pesar de que yo atesoro, decidí que no eran tan importantes. Como las tardes de juego con los primos en casa de los abuelos, sin horarios y sin la sombra de la despedida, y de donde probablemente te irías peleado pero feliz y regresarías al siguiente fin de semana y nada habría cambiado. Me quito la responsabilidad de tomar la enorme decisión de que mis hijas sean mexicanas solo por nacimiento, de tomar el riesgo de que en un futuro no muy lejano se sientan más de aquí que de allá, pero sobre todo, de apostarle a que en este país serán más felices.

Pero no todo es culpa para la pobre “Vida”, que seguramente ya siente pesada esa maleta sobre sus hombros, también hay muchas cosas que agradecerle. Le agradezco el obligarnos a meter nuestra “vida” en 4 maletas, (en 92 kilos exactamente). Fue la mejor manera de hacernos ver que ya sea que te mudes a Michigan o al “Más allá” lo necesario no se lleva en la maleta, que todo lo material es reemplazable. Le agradezco por enseñarme que nunca se es demasiado “viejo” para aprender nuevas cosas y no me refiero al idioma, me refiero a todas aquellas pequeñas cosas que a mi llegada me parecían difíciles y extrañas: reciclar latas, escribir un cheque, usar la podadora y cargar gasolina. Si, así es, por alguna extraña razón, el cargar gasolina hasta el día de hoy, me hace sentir invencible y autosuficiente aunque debo confesar que todavía echo de menos al joven de la “Gas”.

Me gusta pensar que el subir en aquel avión un 7 de junio, no solo me permitió ver a México desde una perspectiva diferente. También, el estar fuera de mi país me dio la oportunidad de ver con más claridad todas sus virtudes y todos sus defectos. Curiosamente, algunos defectos duelen más estando más lejos, como la desigualdad, la poca empatía que tenemos como mexicanos (cuando vivimos ahí), la falta de recursos, la corrupción.  Virtudes hay muchas, pero el saludo amistoso del señor de la tiendita y los tacos al pastor ahora me parecen sublimes.

Vivir fuera de tu país es no querer irte cuando estas de visita, es querer gritarles a todos que no está bien que se acostumbren a la inseguridad, que es pecado ponerse a dieta cuando pueden comer tacos, que abracen y besen a su familia, y que disfruten del clima maravilloso.  Pero es también sentirse feliz de regresar a casa, a la tranquilidad de que tus hijos jueguen en el parque, a que al subir al auto solo tengas que preocuparte por los venados.   Ser migrante en este país es vivir esta dualidad maravillosa e irónica de celebrar el 16 septiembre vestida de “Huasteca” como nunca lo hiciste en México y de preocuparte mucho más por lo que acontece en el país en el que ya no vives.

Movernos a otro país, fue el pretexto perfecto para empezar desde cero, fue ese borrón y cuenta nueva que muchos necesitamos. Moverte a otro país, es ese chapuzón en agua helada que al principio te oprime el pecho, que te obliga a nadar para quitarte el frio y que te hace arrepentirte por haberte aventado. Pero que después de un rato y casi sin darte cuenta, empiezas a disfrutar el agua fresca, aun y cuando la corriente te hace cambiar de dirección, aun y cuando te cansa un poco, la mayor parte del tiempo no puedes dejar de pensar de lo que se están perdiendo los que no saltaron, los que se quedaron en la orilla, sentados y utilizando protector solar No. 50.

 

 

 
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